Una Nación a Pesar de Sí Misma

Juan Camilo Vargas

@JuanCVargas98 

Una Nación a Pesar de Sí Misma Columna de Juan Camilo Vargas Clic para tuitear

Era por aquel entonces un País de esos que se ven por el mundo, de esos en los que crecía de todo y abundaban por su territorio los cultivos de todo tipo. Se daba allí el plátano, se sembraban largas extensiones de arroz, había una gran distribución de molinos para la producción de un autóctono producto llamado «panela» que se hacía después de someter el jugo de la caña de azúcar a un proceso que sólo comprendían aquellos que se veían envueltos en este tema; también había palma de cera, abundaban los cítricos y se encontraba uno por doquier los rastros de la papa, la yuca y el tomate. Eso sí, no podía concebirse al País sin las actividades ganaderas concentradas en territorios específicos, y mucho menos sin la producción de un café tan especial que se había hecho un lugar en los paladares del mundo como uno de gran prestigio. Quien viera ese País, bien podría pensar que era una potencia agrícola a la que la providencia había nutrido con fértiles tierras y productivas cosechas, que la materialización de los sueños europeos de tener la tierra y trabajarla de manera sustentable estaba aquí presente, incluso le pasaría por la mente que el Paraíso descrito por el italiano Dante debía parecerse bastante a los paisajes rurales de esas tierras.

Y, a pesar de todo, no era así. Los campesinos más que vivir, tan sólo sobrevivían. Algún potencial candidato a la Presidencia del País que halló la muerte como la hallase en su momento el dictador Julio César; lleno de vida, sorprendido y sin tener tiempo de nada, dijo que «aquí nunca ha habido una verdadera política o plan de desarrollo agrario». Dijo eso en aquel País hacía muchos años, quizá 20 o incluso más, pero la vigencia de sus palabras no encuentra todavía fecha de caducidad.

Y es que el País realmente era eso, sobrevivir mucho más que vivir. Todos eran emprendedores, todos eran innovadores y todos trataban de sortear los difíciles y peligrosos desafío que se encontraban en la cotidianidad más ordinaria. Era bien conocido ya el «no dar papaya» en la calle porque vendrían los amigos de lo ajeno a apropiarse de lo que no era suyo, y ¡ay de que no entregaran las cosas! También estaba el caos de la cultura (o la incultura), en donde por costumbre se anteponía el provecho individual ante cualquier fin que pudiese beneficiar a varios. ¿Vida? Eso no se sabe, tanto tiempo esperando en el tráfico, tan pocas horas de sueño, los padres dejando los hijos a la deriva por estar trabajando y tratando de conseguir la comida para sus familias, los hijos haciendo de las suyas con el pillaje y la subversión que sólo pueden venir de las malas compañías, la mala calidad del aire, la deficiencia en materia educacional con muchos maestros que se dedicaban a formar más activistas que críticos, en fin, tantas otras situaciones que no sabe uno si los habitantes de aquel País realmente tenían «vida».

Era bien conocido ya el «no dar papaya» en la calle porque vendrían los amigos de lo ajeno a apropiarse de lo que no era suyo, y ¡ay de que no entregaran las cosas! Clic para tuitear

Era un País en donde había Iglesias en cada esquina, en cada cuadra; en cada barrio. Pensaría uno que con tantos «Católicos» confesos y sacramentados se llevaba una vida pura y piadosa, estrictamente direccionada por los preceptos de la virtud, pero no era así. Era un País donde todos iban a Misa dominical, o bueno, los que al menos no querían «perder esa tradición», pero jamás habían leído las Sagradas Escrituras. Iban a Misa, pero no eran religiosos y creían más en el Karma y en los gatos dorados que ponían en establecimientos comerciales para «llamar clientela».

Claro está que, si así de desordenada era la situación cultural de las personas del común, era una tarea locamente descomunal tratar de establecer orden desde eso sobre lo que todos eran expertos, todos tenían una opinión, todos eran ilustrados: la política. De eso, ¡ni hablar! Era una burocracia espantosa, terrible de descifrar y entender, un sistema que en la teoría se entendía y en la praxis no sabía uno quién hacía qué. Los protagonistas de la política no eran los políticos, a no ser que hubiera escándalos, sino que eran los grupos económicos, los inversionistas, los gremios, los banqueros, los medios de comunicación, mejor dicho, todos aquellos «de bien» que le amarraban las manos al Presidente y a los congresistas para condicionarlos a jugar en su favor. Así lo denunció ese hombre que mataron ellos mismos, ese hombre que les puso «el régimen». Un régimen longevo y que ha logrado perdurar a pesar de los años y las críticas, pero ¿cómo pensar en su caída? Si como George Orwell lo denunció en 1984 las masas permanecían embrutecidas, en ese País era bendito cada fin de semana salir a ingerir licor sin control para al otro día ver los partidos de la liga local, eso despertaba más fervor religioso que los oficios de las Catedrales. Sólo había que esperar a que hubiera penales para ver a los seguidores de un equipo u otro rezando mil padrenuestros o avemarías.

Sucedía allí también que, en ese lodazal de la política, o lo que los estadounidenses denominan «The Swamp», el pantano, pasaba de todo y no pasaba nada. Cuestionaban a un hombre que no había hecho más que ponerle orden al País a través del Ejército Nacional y le prohibían un ascenso, pero también celebraban que un criminal confeso se posesionara como el HP que era (honorable parlamentario para evitar confusiones). Pasaba de todo y no pasaba nada, era la ley del talión la que muchas veces aplicaban los ciudadanos ante la falta de garantías del Estado. Si Dios creó confusión en Babel, lo de ese País sólo podía explicarse como otro misterio entendido a través de la Fe, pues a pesar de todo seguía funcionando, como lo dijo un historiador que escribió un libro en medio de su fascinación, era «una nación a pesar de sí misma». Era un caos, pero también un ejemplo de supervivencia no sabía uno qué rumbo iba a tomar, pero la esperanza jamás se desvanecía.

Pero no, ese País no es Colombia, para nada. ¿Cómo es posible que esos dignos herederos de la estirpe hispánica que tanto se enorgullecieron de ser «tan españoles como Don Pelayo» carecieran de orden y vivieran de ese caos? Es absurdo imaginarlo. Si Colombia tiene una de las democracias más estables de la historia, una historia de emulación del ejemplo Estadounidense digna de mostrar, es una potencia en la región; tiene una Constitución sólida, corta e inmodificable, ciudadanos virtuosos y bien educados en los roles que deben desempeñar y ocupan su lugar en la sociedad. Mejor dicho, a Colombia sólo se le deben cambiar unos políticos y listo, el País se arregla, porque los problemas los causan ellos nada más y no los ciudadanos que los escogen (¿?). Se pregunta uno ¿por qué no es potencia mundial Colombia si parece la descripción de los que Sócrates le describiera a Glaucón como una buena y saludable República?

Mejor dicho, a Colombia sólo se le deben cambiar unos políticos y listo, el País se arregla, porque los problemas los causan ellos nada más y no los ciudadanos que los escogen Clic para tuitear
Avatar
Acerca de Juan Camilo Vargas 36 Articles
Joven santandereano de nacimiento, Huilense por adopción. Estudiante de Política e Historia en Hillsdale College, ubicado en Michigan, Estados Unidos. Ganador de las becas “Hillsdale Merit Scholarship”, “Weber International Private Enterprise Scholarship” y “Gogel Scholarship, Werner J & Mar”. Caballero Andante, poeta inquieto, enemigo de la corrección política y defensor de la tradición moral y las buenas costumbres. Haciendo Patria