Vicky Dávila, Petro y el periodismo en Colombia

Robert Posada Rosero

Robert Posada Rosero
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Robert Posada

Los periodistas en Colombia hace rato perdieron su norte y su credibilidad, con algunas pocas excepciones, y al igual que los jueces vienen actuando por odios y afinidades ideológicas, cuando no por intereses económicos sin pensar en el daño que le hacen al país, y por supuesto, a la profesión. 

Un día amanecen lúcidos y sosegados y son capaces de ver la realidad como lo hizo Vicky Dávila en su columna El mesías, pero la mayoría de las veces actúan movidos por el afán del rating y más recientemente por un Live o ser tendencia en redes sociales, compitiendo desesperados en las cloacas de la manipulación y la mentira.

Los periodistas y los medios son importantes cuando cumplen su función de ser catalizadores de los hechos que se generan a diario, haciendo la pausa, sacando un minuto para el análisis y la reflexión y llevando esos hechos depurados al grueso de sus audiencias, una sociedad manipulable que en su mayoría carece de la capacidad de distinguir lo verdadero de lo falso. 

Pero qué triste es reconocer que son los mismos medios de comunicación y periodistas quienes sirven de caja de resonancia a personajes que poco o nada bueno o positivo tienen para aportar a la comunidad, abriéndoles micrófonos, dándoles cámara y escribiendo largos reportajes sobre, valga decirlo, las mentiras que venden como humo. 

Advierto que no leo a Vicky Dávila y hace cuatro años no veo noticieros de televisión, su show radial con invitados asiduos como Gustavo Petro, Gustavo Bolívar los criminales de las Farc, convertidos en senadores, o la EPA Colombia y sus desmanes, me llevaron a pensar que no es una periodista seria y que sólo busca estar vigente con un ejercicio amarillista y escandaloso. 

Sin embargo, accedí a leer su columna motivado por la curiosidad de los comentarios generados en redes, y porque el inspirador de su texto, vuelve a ser tendencia por sus desvaríos, los cuales no serían preocupantes si una inmensa franja del país no le creyera a pie juntillas, viéndolo, increíblemente, como El mesías o Salvador que requiere Colombia.  

Gustavo Petro es un desquiciado, un sujeto obsesionado con el poder por el poder, capaz un día de empuñar un fusil y otro de inventarse un cáncer, un mitómano sin escrúpulos que hizo de la mentira su arma, un incompetente que cuando tuvo la oportunidad de hacer algo por el país desde la alcaldía de Bogotá la despilfarró por inepto y corrupto, corrupción que paradójicamente dice enfrentar. 

Tiene razón Vicky Dávila cuando expresa que atacar la institucionalidad es una estrategia fríamente calculada para sembrar el caos y sobre ese mierdero erigirse como salvador, los recientes hechos de Chile aún están frescos en la memoria, pero infortunadamente la inmensa mayoría de personas y periodistas todavía no depuran ni ahondan sobre lo acontecido en el país austral. 

No se equivoca tampoco cuando afirma que minar la credibilidad de los medios hace parte del plan, como lo es atacar instituciones bastiones de la democracia como la justicia y sus fuerzas armadas, pero vuelve a fallar cuando omite aceptar la culpa que le cabe a esos medios y periodistas por lo que está sucediendo y las consecuencias que traiga. 

Duele la situación de medios como El Espectador o la propia Revista Semana, su actual casa editorial, otrora referentes obligados de los colombianos, convertidos en medios del montón que ahora son más importantes por las noticias de sus constantes crisis económicas que por sus bien logrados análisis e informes. Ni para que hablar de El Tiempo, la W, Blu Radio o los julitos y camilitas. 

Aquí sí que cabría aplicar el adagio popular que reza que él que esté libre de pecado que tire la primera piedra, pero como hace de falta una reflexión profunda sobre el oficio y cuánta falta hace un periodismo como el de antaño, construido por personas con oficio y formación en variadas disciplinas del conocimiento, con la capacidad analítica y de pensamiento que carecen los comunicadores y periodistas de nuestros días. 

Los periodistas no son youtuber, ni influencer, y con todo respeto, mientras continúe siendo un oficio abierto al mayoreo a quienes encuentran en el un salvavidas para subsistir no saldrá de la crisis en que cayó, los peligros que emanan del nuevo orden mundial y sus escaramuzas populistas demandan de periodistas profesionales, serios, reposados y respetuosos de su ejercicio y de sus audiencias. 

Adenda: si proviene de un Palacio, desconfíe, descrea, detrás de las alharacas histriónicas que emanan de su interior siempre hay un interés para sacar beneficios personales. En un Palacio comulgan la mentira, la artimaña, la melosería y el oportunismo del bufón y del lambón.

Robert Posada Rosero
Acerca de Robert Posada Rosero 20 Articles
Comunicador Social Periodista, especialista en Derecho Constitucional.