A propósito de la lectura de dos textos, especialmente oportunos para no quedarnos impávidos ante el egoísmo y la estupidez del cada vez más abusivo y perverso establishment colombiano, ese que hoy preside el Pacto Histórico con elocuente improvisación, surgen algunas reflexiones que quisiera compartir en esta oportunidad.

Debo señalar que los libros a los que me refiero son la amena biografía de Álvaro Gómez, escrita por Juan Esteban Constaín; y el clásico ¿Dónde está la franja amarilla? de William Ospina, breve recopilación de ensayos que mereció una nueva lectura 12 años después de haber sido revisada por primera vez.

Así las cosas, repasando lo sucedido desde comienzos del siglo XX, a pesar de nuestro proverbial desorden, en términos históricos hemos sido juiciosos a la hora de establecer periodos en nuestro devenir como nación: Hegemonía Conservadora (1904 a 1930), República Liberal (1930 a 1946), Dictadura (1953 a 1957), Frente Nacional (1958 a 1974), y desde 1975, hemos visto el surgimiento de problemas que han marcado la vida de muchos, convulsionados sucesos que conforman nuestra realidad más contemporánea. (Los ríos de sangre y los muertos de la llamada Violencia política deben contabilizarse desde 1930 hasta 1953. De todas formas, matarnos ha sido deporte nacional).

En ese orden de ideas, narcotráfico, acciones terroristas de las guerrillas comunistas, tales como secuestros, retenes, pescas milagrosas, violaciones a los derechos humanos y a los niños; terrorismo y narcoterrorismo; paramilitarismo, violencia estatal, guerra contra los carteles de la droga y compra de las instituciones y del poder por parte de esos mismos carteles de la droga, por lo visto, llegaron para quedarse.

Para completar el panorama, debemos sumar publicitados procesos de paz, que han tenido la osadía de coronar la impunidad sin combatir las raíces de los problemas de fondo, como le gusta al Régimen del cual, tácitamente, o somos víctimas o somos parte, dependiendo del grado de corrupción que ejerzamos diariamente (los jóvenes y no tan jóvenes que se cuelan en Transmilenio, o los “empresarios decentes” que ofrecen coimas a cambio de favores también son actores del Régimen, por si les queda la duda).

En pocas palabras, aceptamos como sociedad, no sin antes rasgarnos las vestiduras, el triunfo del delito y la mentira, habitualmente impuestos por “próceres” que, incluso, han desconocido el mandato de las urnas o se han robado las elecciones a su antojo, con la “mermelada” necesaria y haciendo uso del maquillaje que aplican a unos medios de comunicación que ellos mismos manipulan a su antojo.

¿Y entonces qué? Amable nuestra cultura política, ¿cierto? Para darle de qué hablar a quienes hoy conforma la élite gubernamental, siempre más preocupados por sus beneficios que por otra cosa, van algunas preguntas, dijéramos racionales: ¿Cómo es posible pensar en “vivir sabroso” si quienes efectivamente construyen empresas y producen dinero para pagar impuestos y, justamente, para crear las condiciones necesarias para “vivir sabroso”, hoy son acribillados por la reforma tributaria de un gobierno que desea proteger a quienes destruyen, protestan a todas horas y desean vivir de balde, exigiendo, sin trabajar, subsidios para todo?

¿Hasta dónde puede ir la farsa, si en esta ocasión arribaron al Poder sujetos que atacaban lo que hoy desean imponer de manera dictatorial, avalados por un statu quo cada vez más brutal con los ciudadanos, a quienes se empecinan en engañar en campaña y no descansan hasta arrasar con sus esperanzas desde el palacio presidencial?

En fin, apreciados lectores, no les parece que, siendo un país con más de 219 doctorados disponibles, más de 1.330 maestrías y más 2.947 especializaciones, según cifras oficiales, es decir, con una masa crítica profesional cada vez mejor formada, ¿ya va siendo hora de cambiar la historia y reimplantar una democracia libre y real? (Es que el tema ya tocó fondo hace rato, digámoslo al estilo de José Asunción, para no herir susceptibilidades: “poeta, di paso…”).

Además, seamos claros: de nada sirven los diplomas si los problemas siguen vivos; siempre serán inútiles las cifras rimbombantes si los porcentajes de informalidad y miseria se incrementan ante la falta de Estado; nunca dejará de ser de babas un gobierno que gasta a chorros, yendo en contravía de lo que la gente está reclamando a gritos: honestidad y eficiencia, mesura y una estrategia económica bien concebida, no el esperpento y la improvisación que estamos observando. ¿Estamos completamente petrificados?

Deje así: El mundo va camino hacia estados pequeños y cumplidores del deber, nóminas chicas, máximo ahorro, impulso al emprendimiento y a los proyectos de crecimiento empresarial, social y humano. Se acabó el espacio para gobiernos mentirosos, corruptos, charlatanes y derrochadores. Gran lección de la pandemia.

 

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Francisco Tamayo Collins
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Desde siempre, amante de la Libertad. Disfruta la creación, redacción y edición de textos periodísticos y publicitarios. Ha sido guionista independiente. Apasionado por la radio, escritor, poeta. Docente universitario, especializado en las áreas de  Literatura e Historia. Publicista, filósofo y humanista, comunicador  por excelencia. Ha sido columnista de opinión en varios medios digitales. Experto en la preparación de carnes y pastas, es un ser humano creativo, con espíritu crítico, a quien le gusta fomentar el trabajo en equipo. Seguidor del pensamiento lateral, es radiodifusor por internet. Dirige el podcast "Voces en la periferia".